El bar inmobiliario de Pinamar: cómo Iván Renkine vende casas entre whisky, eventos y provocaciones
Martillero y desarrollador urbano, Iván Renkine eligió romper moldes y convertir su oficina en un bar. En diálogo con Ladrillo.Info, explicó por qué no cree en los escritorios ni en los haters, y cómo logra vender casas aceptando permutas insólitas y apelando al vínculo humano como clave del negocio

El mundo inmobiliario sumó una nueva mirada en Ladrillo.Info, el programa conducido por Federico Miqueo que explora tendencias, casos y protagonistas del sector. “Hoy hablamos con alguien que desafía estructuras, que propone otra lógica para pensar el negocio, y que lo hace desde una ciudad que eligió hace más de dos décadas”, introdujo Miqueo. Esta vez, el invitado fue Iván Renkine, quien se define como un inmobiliario disruptivo, así le gusta que lo llamen.
Pinamarense por adopción, martillero y desarrollador urbano, Renkine construyó su nombre a partir de un estilo provocador y una lógica comercial poco convencional. Desde hace 23 años vive en Pinamar, adonde llegó desde el conurbano bonaerense tras fundirse económicamente. Comenzó de cero. Hoy, lidera tres empresas, dirige un equipo de más de cuarenta personas y convirtió su oficina principal en un bar.
“No me gustan los escritorios. No quiero más oficinas. La oficina es un bar, con onda, donde pasan cosas todo el tiempo”, dijo. En ese espacio se organizan eventos semanales, desde campeonatos de truco y ajedrez hasta capacitaciones y exposiciones artísticas. “No es mi negocio, pero me gusta sorprender, generar relaciones y trabajar en comunidad”, explicó.
Su narrativa mezcla humor, confrontación y estrategia. Asegura que la mayoría de sus operaciones incluyen permutas, objetos o servicios. “Agarro el auto, agarro el reloj, agarro lo que tengan. Incluso una vez hice una operación donde tomé a la suegra como parte de pago. Fue simbólico, pero firmamos el boleto con eso”, relató. Esa anécdota le valió una denuncia por mala praxis en el colegio de martilleros. No perdió la matrícula, pero lo multaron.
Desde su empresa Dinamismo Inmobiliario, Renkine vendió diez edificios y veinticinco casas. Todo en Pinamar. Nunca trabajó con grandes inversores. Siempre apostó al “revoleo”: facilitar el acceso con pagos flexibles y acuerdos a medida. “Lo nuestro es 50% cosas, 50% cuotas. La gente compra porque le hago fácil la operación. Acepto lo que tengan. Les digo que sí y después vemos cómo”, comentó.
Cambio de estrategia
También cuestionó el modelo tradicional de desarrollo. “Muchos construían con lo que vendían en pozo, pero los costos subieron tanto que ahora construyen a pérdida. Por eso varios quedaron patas para arriba”, dijo. Y agregó: “Volvió el desarrollador clásico, el que construye con su capital y espera a que suban los precios”.
Defiende el rol del martillero frente a una opinión pública que, según él, desconfía por experiencias malas. “Nuestra intervención es necesaria. Sumamos, unimos partes. Evitamos que comprador y vendedor se digan cosas que arruinan una operación”, señaló.
Comparó el ingreso del martillero con el de otros profesionales. “Ganamos más que escribanos, abogados, contadores y arquitectos. Juntos. Nos pagan bien porque agregamos valor. Porque sabemos negociar”, afirmó.
Renkine sostiene que el mercado exige otra actitud. “El que piensa chiquito, fracasa. El que se quiere quedar todo, no llega lejos. Para ganar hay que dar. Por eso obligué a mi equipo a organizar eventos gratuitos, a invertir tiempo y plata. Así se progresa”, explicó. Su liderazgo se basa en una lógica de acción constante.
“Soy hacedor. Cuando hago, hago. Después, paro. Ahora decidí frenar con las obras por dos o tres años. Pero sigo con la intermediación”, contó.

Sin embargo, en Pinamar continúa la actividad. “Se vende mucho. Casas, sobre todo. La cuenta da sola: una casa tipo cuesta 260.000 dólares. El lote, 60.000. Si comprás la casa, el lote fue gratis”, dijo. Y agregó: “El desarrollador moderno, el que construía sin plata, está desapareciendo. Volvió el tipo que tiene espalda y apuesta al largo plazo”.
Que los compradores estén cómodos
En su discurso, destaca la importancia de trabajar desde el vínculo. “Mis clientes quieren sentirse cómodos. Me dicen: ‘Tengo 20.000, quiero una casa de 200.000’. Les digo que sí. Después, charlamos. Lo importante es que sientan que pueden”, expresó. Reconoce que aprendió ese enfoque trabajando para clientes gitanos. “Me enseñaron a no pelear el precio de lo que me ofrecen, si ellos no pelean el mío”, comentó.
La informalidad es parte de su identidad. Cuenta que en las reuniones ofrece whisky, gin tonic o café, según el horario. “No vendo propiedades. Ayudo a comprar. Mis clientes compran porque sienten que lo hicieron como querían. No pelean el número. Les importa la experiencia”, explicó. Cree que la negociación pasa por entender al otro y dar opciones. “No es dólar billete todo junto. Es confianza, flexibilidad, creatividad”, insistió.
Su rol en las redes sociales
Las redes sociales son otra herramienta que usa para conectar. Tiene presencia fuerte en Instagram y TikTok, donde sube videos con estética informal y mensajes directos. Provoca a propósito. “El hater es necesario. Sin hater, no hay crecimiento en redes. Yo los provoco. Me ayudan a subir. Si no hay interacción, el algoritmo no te muestra”, explicó.
Asegura que no bloquea a nadie, salvo que reciba agravios extremos. Contesta a todos. A veces con humor, otras con ironía. “Tengo haters contratados. Son como parte de mi equipo. Me insultan y subo. Me dicen dientón, pelado. Me encanta. Si me insultan, me suman”, detalló. Cree que muchos profesionales fracasan porque no se bancan la exposición. “Hay que tener estómago. Para lo bueno y para lo malo. Si no, no podés estar en redes”, sostuvo.

Sobre el perfil del comprador en Pinamar, detalló que la demanda proviene sobre todo de La Plata, zona sur del conurbano, Rosario y algo de Córdoba. Son familias de clase media alta que buscan propiedades para vacacionar o como segunda vivienda. “Les gusta darse gustos. Compran una Jeep para el verano y después me llaman para dármela en parte de pago. Y les digo que sí”, relató.
Renkine considera que la clave de su éxito está en ofrecer soluciones. No promete rentabilidades extraordinarias. Reconoce que la renta en Pinamar es modesta: 5% para un local, 6% o 7% para una casa alquilada en temporada. Pero insiste en que el valor está en el uso. “Son 60 días de explotación y 10 meses para disfrutar, para usar como espacio de encuentro, para cerrar negocios. Eso no tiene precio”, afirmó.
Cuestión de precios
También se refirió a la brecha entre el precio del usado y lo nuevo. “En Capital se nota mucho. En Pinamar, también. Hay departamentos en pozo sin precio. Nadie los publica porque los costos subieron y no saben a cuánto vender”, analizó. “Eso beneficia a la inmobiliaria. Porque lo que ya está construido se mueve. Se venden muchas casas, sobre todo en Costa Esmeralda y en los barrios privados de alrededor”.
Cerró la entrevista con una reflexión sobre el sector. “Esto es hermoso. Es una actividad con personas, que deja dinero, que da satisfacciones. No pienses solo en la tuya. Hacé, compartí, sumá. Es imposible que te vaya mal si hacés las cosas bien”, concluyó.

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