Durante el año que se despide, la construcción modular dejó definitivamente de ocupar un lugar marginal dentro del mercado inmobiliario argentino para consolidarse como una alternativa concreta, escalable y cada vez más demandada. En un contexto atravesado por un déficit habitacional estimado en 3,5 millones de viviendas, altos costos de la obra tradicional, volatilidad macroeconómica y urgencia por acortar tiempos, el sistema industrializado pasó de ser una opción experimental a convertirse en uno de los fenómenos más relevantes del sector.
Lejos de tratarse de una moda pasajera, el crecimiento respondió a factores estructurales: previsibilidad de plazos, control de costos, estandarización de procesos, mejoras sustanciales en materiales y terminaciones y, más recientemente, la aparición de líneas de financiamiento bancario específicas para viviendas modulares. Todo esto configuró un escenario propicio para que desarrolladores, inversores y compradores finales miraran al sistema con otros ojos.
A diferencia de la construcción húmeda tradicional, la vivienda modular se fabrica mayoritariamente fuera del terreno, dentro de plantas industriales con ambientes controlados. Allí se producen módulos completos —estructura, cerramientos, instalaciones y terminaciones— que luego se trasladan al lote para su montaje final. Este cambio de lógica permite reducir tiempos, minimizar imprevistos y elevar el control de calidad, tres variables clave en un país donde la obra convencional suele extenderse durante años.
Según explicó Leandro Seoane, socio fundador de 4 Housing, el principal diferencial del sistema es la combinación entre velocidad y escalabilidad. “La construcción modular eleva los estándares de terminaciones, performance y durabilidad, pero sobre todo permite producir más viviendas en menos tiempo, algo estratégico para reducir el déficit habitacional”, señaló.
Plazos más cortos y previsibilidad
Uno de los principales atractivos del modelo es el tiempo de ejecución. Una vivienda modular de entre 50 y 200 m2 tiene un proceso total de producción cercano a los 90 días, considerando diseño, fabricación y logística. El montaje en el terreno demanda entre una y dos semanas, dependiendo del tamaño y las condiciones de acceso.

En la práctica, una unidad de 50 m2 puede quedar lista en menos de un mes desde el inicio de la fabricación, siempre que el terreno cuente con fundaciones y servicios preparados. La diferencia frente a la obra tradicional —que puede demandar entre 18 y 24 meses— resulta determinante tanto para usuarios finales como para proyectos de renta.
Costos en dólares y variables que inciden
En términos de valores, la construcción modular dejó de estar limitada al segmento premium. Tras una primera etapa enfocada en proyectos de alta gama, varias empresas avanzaron hacia catálogos más amplios y accesibles.
“En 2026 lanzaremos un catálogo de casas de distintas medidas, con alto valor de diseño, que parten de USD 1.200 por m2”, anticipó Seoane. Bajo ese esquema, una vivienda de 50 m2 puede partir de valores cercanos a USD 30.000, sin considerar el costo del terreno.
En general, los presupuestos oscilan entre USD 1.300 y USD 1.800 por m2, según nivel de terminaciones, materiales, equipamiento y ubicación. El transporte incide en el precio final, aunque en la mayoría del territorio no supera el 15% del total.
Para Lucas Salvatore, presidente de IDERO, uno de los mayores beneficios del sistema es la certidumbre financiera. “Cuando el cliente compra un producto cerrado, el precio no se mueve si no hay cambios. Esa previsibilidad hoy vale tanto como el costo”, explicó.
Materiales y terminaciones: un mito superado
Uno de los prejuicios históricos sobre las casas modulares fue la supuesta limitación en materiales. Hoy, esa idea quedó desactualizada. En exteriores se utilizan maderas como lapacho, kiri o laurel, además de soluciones metálicas y paneles de alta resistencia. En interiores predominan maderas naturales y enchapados como guatambú, jequetibá o álamo, mientras que los pisos pueden ir desde mosaicos graníticos hasta mármoles como travertino o tundra grey.
“No hay restricciones en materiales, siempre que se apliquen con las técnicas propias del sistema”, resumió Seoane. A esto se suman carpinterías de aluminio con DVH, altos niveles de aislación térmica y acústica y menor necesidad de mantenimiento a largo plazo.
Modular versus tradicional
El debate entre construcción tradicional y modular atraviesa hoy a todo el sector. Juan Pablo Rudoni, presidente de Ecosan y de la Cámara Argentina de Construcción Modular e Industrializada (CACMI), sostuvo que la principal ventaja del sistema industrializado es la previsibilidad. “El 80% del trabajo se hace en planta. La obra se convierte en producto: se define alcance, presupuesto y plazo antes de fabricar”, explicó.
Rudoni detalló que Ecosan opera con una nave de 10.000 m2 y una línea de montaje de 210 metros, capaz de producir viviendas, edificios de mediana densidad y desarrollos hoteleros. En estos proyectos, el tiempo es rentabilidad: terminar antes implica generar retorno más rápido.
Salvatore agregó que el mayor potencial hoy no está solo en la vivienda individual, sino en los proyectos de renta vinculados a economías regionales estratégicas, como Vaca Muerta. En localidades como Añelo, donde existe un déficit estimado de 10.000 camas, la construcción industrializada aparece como una solución inmediata para cubrir una demanda estructural.
Financiamiento: un punto de inflexión
Uno de los cambios más relevantes del último año fue la aparición de créditos bancarios específicos para viviendas modulares. El Banco Hipotecario ofrece un préstamo personal en UVA que cubre hasta el 100% del valor de la vivienda, sin necesidad de hipotecar una propiedad, con un plazo de 72 meses y una TNA del 15%. El desembolso se realiza en dos etapas y el cliente comienza a pagar una vez que la vivienda está terminada.

El Banco Ciudad, en tanto, presta hasta $130 millones para la compra de una vivienda modular, con plazos de hasta 120 meses y una financiación de hasta el 75% del presupuesto de obra.
Una solución que gana consenso
Aunque la construcción modular no reemplaza a la obra tradicional, su crecimiento responde a necesidades concretas del mercado: urgencia habitacional, falta de crédito hipotecario clásico y necesidad de previsibilidad. En un país con millones de viviendas faltantes, el modelo industrializado se consolida como una herramienta clave para ampliar la oferta en menos tiempo y con mayor eficiencia.
Para Rudoni, el avance es irreversible. “La resistencia cultural existe, pero se diluye cuando se visita una planta y se entiende el proceso. La industrialización no es un contenedor improvisado: es ingeniería aplicada a la vivienda”.